
El argentino Guillermo Raffo, un consultor en comunicación política que vive en San Pablo hace 20 años, suele decir que hay que pensar a Brasil como un país que está viviendo “un 2001” hace cuatro años. Está convencido de que se trata del derrumbe del sistema político en forma consistente y en cuotas, pero siempre en línea de caída, sin encontrar piso ni generar ninguna pista de cuál es el momento en que dejará de caer, tampoco cómo. “Es imposible saber quiénes serán los candidatos que se presentarán el 15 de agosto“, plazo máximo para presentar los candidatos presidenciales que deberán competir el 7 de octubre por la presidencia de la república, según la disposición del Tribunal Superior Electoral. “Falta mucho tiempo”, agrega.
Pero solo faltan cuatro meses. En la Argentina ya nos parece imposible instalar un candidato que pueda ganar las elecciones en tan pocas semanas. La oposición peronista a Cambiemos se apura a configurar un escenario competitivo para elecciones que tendrán lugar dentro un año y medio, pero en el 2001 no era así. Para entender lo que está pasando en Brasil, como dice Raffo, hay que recordar las demoníacas jornadas del 2001, cuando hubo 5 presidentes en una semana, y los argentinos nada podíamos hacer frente a la angustia que provocaba el desvarío de la incertidumbre.
El LavaJato es un proceso judicial impecable que logró derrumbar a la clase política y empresarial por una razón clara y evidente, porque el líder brasileño más popular y legítimo de su historia, aprovechó condiciones globales superlativamente favorables a los países emergentes, para terminar con la inestabilidad del sistema político de su país.
Gracias a Lula, Brasil vivió condiciones de estabilidad política como no tuvo jamás en democracia. Todos los partidos con representación parlamentaria eran parte del sistema de corrupción y gozaron de un salto de calidad de vida personal como seguramente jamás imaginaron. La dirigencia del PT se corrompió especialmente, como le “correspondía” al partido de gobierno. Viendo que la guadaña de la Justicia se acercaba, designó para sucederlo a su ministra impoluta, Dilma Rousseff. Era la persona ideal para realizar el necesario ajuste fiscal, imprescindible para ordenar las cuentas. Cuando la Constitución se lo permitiera, él volvería a recuperar el cariño del pueblo.
Pero la dinámica de los acontecimientos también se llevó puesta a Dilma, testigo muda del sistema de corrupción más grande de todos los tiempos, un halcón que actuó con dureza en materia económica y una leal militante que jamás abrió la boca para confesar lo que sabía, lo que dejó actuar por omisión y, quizás, solo intentó ordenar un poco para que el agua no llegara al río.

Lula lidera la intención de voto en Brasil porque hace más de 30 años, siendo un sindicalista combativo, armó un partido para ganar elecciones, y persistió en su intento por llegar a la presidencia a pesar de que perdió tres veces (en 1989, 1994 y 1998), buscando comprender a las mayorías de su país. Evitó la tentación sectaria de la izquierda, realizó alianzas con la derecha, logró incorporar a la clase media y finalmente ganó en el 2002.
Logró convencer aún a los brasileños que no lo votaron, y al mundo entero, que Brasil podía sentarse en el podio de las grandes naciones, como miembro permanente del Consejo de Seguridad, y hasta compitiendo con los Estados Unidos en el diseño de una política de seguridad para el explosivo Medio Oriente.
Eran tiempos de oro. Larry Rohter, corresponsal por años del New York Times en San Pablo, escribió Brazil on the Rise y en las principales librerías de las principales ciudades de los Estados Unidos era un libro que se vendía como pan caliente, mientras muestras del arte brasileño se instalaban en los museos y en los think tanks se promocionaba las bondades de esa potencia joven y vital. Pero en ese año, 2010, ya todo era forzado.
Brasil estuvo al borde del papelón con los Juegos Olímpicos y el Mundial del Fútbol. Las obras de infraestructura se terminaron a último momento y mal, enfrentando el enorme disgusto de la población, que empezó a echarle la culpa a ese esfuerzo para explicar el ajuste que empezó a vivir en su economía personal. Los eventos que pusieron a Brasil en el centro de la agenda no cambiaron el humor social, y en 2016, Dilma fue destituida a través de un juicio político.
Fue sucedida por su vicepresidente, Michel Temer, que logró encarrilar la situación económica, a costa de más ajuste. Pero él mismo está implicado en denuncias de corrupción, como Aécio Néves, el candidato del PSDB que llegó a la segunda vuelta en el 2014 contra Dilma.
No hay opciones políticas serias en Brasil hoy. Jair Bolsonaro está segundo en intención de voto, pero es imposible que supere un balotaje. Los brasileños están enojados con el sistema político, pero tampoco irán derecho al suicidio votando al ex militar que lidera un partido de ultraderecha que, como se dice en Rio de Janeiro (de donde es diputado), tiene la habilidad de sacar “lo peor de cada una de las personas”.

Lula lanzó ayer la campaña del PT a la presidencia, y la seguirá con pasión y dedicación desde la cárcel, promocionando tal vez a Jacques Wagner, ex gobernador del estado de Bahia, o a Fernando Haddad, ex alcalde de San Pablo, o vaya a saber a quién. La prisión, manejada con su talento político, tiene la chance de funcionar como gran plataforma de lanzamiento para llevar en andas a su delfín, cualquiera sea el que elija.
“En Brasil no apareció un (Mauricio) Macri ni un (Emanuelle) Macron y, paradojalmente, Lula vuelve a representar el cambio”, explica Raffo. Como dice la periodista Helena Chagas, “el juzgamiento es la narrativa”. La absolución hubiera sido una victoria, pero la condena “no tendrá como efecto eliminar a Lula de la faz de la tierra ni podrá impedir que se empuje su candidatura a octubre”.
El proceso judicial fue tan largo, que Lula hasta tuvo tiempo de sacar un libro, A verdad vencerá: O povo sabe por qué me condenam, reportajes que dio Lula y fueron editados por la periodista Ivana Jinkings. Con un tiraje inicial de 30 mil ejemplares, la narrativa del líder del PT en disputa electoral, para volver a llegar a la presidencia, está en marcha desde el mismo día en que Dilma fue separada de su cargo.
Si el candidato que elija Lula desde la cárcel llega a la presidencia, será gracias a la ayuda de la Justicia. Si no lo logra, si aparece algún moderado que se interponga entre el PT y Bolsonaro, no será porque Lula no hizo todo lo posible. América Latina estuvo pegada por 48 horas a las noticias para ver el exacto momento en que el líder del PT ingresaba a la prisión a cumplir su condena. Ahora tal vez podamos comprender por qué las telenovelas brasileñas son tan exitosas en el mundo.
FUENTE: INFOBAE NOTICIAS
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