
Toda jornada electoral redunda en dos acciones generales. La primera consiste en ponderar el hecho de que la democracia se revitaliza con la libre expresión de la voluntad popular materializada a través del voto, en este caso, en unas PASO que pese a la falta de competencia interna en los principales espacios tuvo el objetivo de definir quiénes serán los candidatos que en octubre se presentarán nuevamente. La segunda actividad, tras un proceso electoral en donde los equipos de campaña pusieron a prueba sus estrategias y candidatos, demanda un riguroso y exhaustivo proceso de reflexión y análisis en relación al mensaje de las urnas.
Una campaña entre cuyos rasgos salientes asomaba la incertidumbre terminó arrojando resultados tan contundentes como inesperados. Un resultado que, tanto a nivel nacional como en la provincia de Buenos Aires, es para muchos irreversible, y que traslada la incertidumbre desde el plano electoral al de la gobernabilidad.
En este marco, lo sucedido durante la última semana en los mercados, a cuatro largos meses de un hipotético traspaso de la banda presidencial, le plantea una seria disyuntiva a Mauricio Macri: ¿apostar a una campaña casi imposible o a una transición relativamente ordenada?
Balances de campaña
El kirchnerismo ha logrado aumentar considerablemente aquel 38% que ha obtenido en las PASO de 2015, alcanzando hoy el 47% a nivel nacional. Cambiemos que, por su parte, había logrado –en la sumatoria de sus tres candidatos de aquella interna- un 30%, este año superó dicha performance por escasos dos puntos, llegando finalmente al 32% de los votos.
Los días previos a los comicios se especulaba sobre el rol que los descontentos con las gestiones tanto del kirchnerismo como del macrismo iban a tener en esta contienda. Con el diario del lunes, se descarta la concentración de este tipo de votantes en torno al voto en blanco (el cual apenas alcanzó el 3%). Y, si bien se lo puede percibir distribuido en fuerzas menores y con un caudal muy poco significativo, al haber superado el umbral del 1,5% en las PASO, estarán presentes en las generales de octubre. La polarización estuvo previsiblemente presente, aunque también es cierto que no fue tan alta como algunos aventuraron. Si bien rozó el 80% de los votos (79,73%), quedó debajo de los antecedentes de las presidenciales de 1983, 1989 y 1999. Cifra que, más allá de no configurar un récord en materia de polarización, obturó evidentemente las chances de las terceras fuerzas.
Del lado de los triunfadores, parece claro que la jugada de Cristina Kirchner de correrse del centro de la escena se reveló eficaz. En primer lugar, coadyuvó a un proceso de unidad del peronismo que, como lo indica la migración de los votos de Sergio Massa al espacio, fue clave para lograr una performance arrasadora en la siempre gravitante provincia de Buenos Aires. En segundo lugar, le facilitó a Alberto Fernández ensayar un giro hacia el centro y la moderación que, a la luz de los resultados, no sólo resultó creíble para muchos votantes sino que también le permitió receptar una gran parte del voto “castigo”.
Del otro lado del espectro de la polarización, la sensación es que Juntos por el Cambio no pudo sumar a aquellos quienes sentían aversión por la ex Presidente, sino que apenas se contentó con un caudal similar al que Cambiemos mantuvo desde 2015: un 30% identificado emocionalmente con Macri, el espacio político o alguno de sus referentes como Horacio Rodríguez Larreta o María Eugenia Vidal. Dicho de otra forma, la prédica en torno a la revitalización de la esperanza y la recuperación de las expectativas de futuro frente al “pasado” que amenazaba con volver, sólo fuer capaz de fidelizar el “voto duro” del espacio y no de interpelar a los electores afectados por la difícil situación económica que atraviesa el país.
¿Campaña permanente con más grieta?
En la bibliografía sobre comunicación política un concepto ha sido consultado y aplicado –cada vez con mayor frecuencia- en los últimos años. Desde que fuese acuñado hacia mediados de la década de 1970 por el asesor político de Jimmy Carter, Pat Caddell, la denominada “campaña permanente” pareciera ser una dinámica que muchos gobiernos ponen en práctica desde el día que asumen hasta la última jornada de gestión. Su punto de partida hace hincapié en que los electores fluctúan y los apoyos son volátiles, y que por ello es necesario de alguna manera construir y recrear cotidianamente las mayorías obtenidas en las urnas.
El gobierno nacional ha venido abrazando este concepto desde el mismo 10 de diciembre de 2015, cuando Macri recibió los atributos presidenciales de la mano del presidente provisional del Senado, Federico Pinedo. Y, sin dudas, lo seguirá aplicando a pesar de la dura derrota. Sin embargo, el dilema es con qué objetivo: si aspirará a apuntalar de esta forma una campaña que necesita casi de una epopeya para revertir los resultados de las PASO, o si buscará calmar las turbulentas aguas en las que el país navega por estas horas a fin no sólo de garantizar gobernabilidad para finalizar su mandato constitucional, sino también para no atar a su suerte a los miles de intendentes y legisladores del espacio que compiten en octubre.
El debate que enfrenta a “halcones” y “palomas” en Balcarce 50 es si la campaña permanente debería alimentarse de la grieta o si bien la funcionalidad electoral de la confrontación ya ha caducado. Revertir un abultado resultado como el que los guarismos han arrojado en las primeras horas del lunes parece casi utópico, y apelar a la campaña del miedo con el objeto de coresponsabilizar al ganador de la contienda por los problemas económicos no pareciera ser la opción más inteligente. Sin embargo, esa fue la primera reacción del oficialismo, condensada en el desconcierto y la ofuscación mostrada por el Presidente no sólo en su discurso del domingo electoral, sino también en la conferencia de prensa del lunes a la tarde.
La otra opción, quizás menos seductora para el tradicional voluntarismo del PRO -pero con cada vez más adeptos dentro del Gobierno-, es la de la moderación y el trabajo en medidas tendientes a interpelar a los sectores que mostraron su enojo con las políticas del gobierno en las urnas. Asumiendo la dificultad que representa revertir una diferencia de casi 15 puntos, se trata de un camino que si bien no le garantizaría el logro del proyecto reeleccionista le permitiría garantizar gobernabilidad, mantener intactas las chances de Horacio Rodríguez Larreta en el bastión original del PRO, lograr retener algunas de las intendencias en riesgo en la provincia (sobre todo, Avellaneda, Tres de Febrero y Morón), y llegar a una transición tranquila que permita la supervivencia de su fuerza ya en el campo de la oposición.
Las últimas horas mostraron a un gobierno intentando recuperar la iniciativa con un paquete de medidas que apuntan al bolsillo de la gente. Más allá de que en algunos casos se trata de medidas importantes que se hacen eco de viejos reclamos -como la eliminación del IVA a los alimentos-, lo anunciado parece a todas luces insuficiente para revertir la falta de credibilidad del electorado, amén del riesgo de profundizar los problemas fiscales y el desfinanciamiento de las ya golpeadas provincias.
Aprendizajes de cara a octubre
Parte de los equipos de campaña van a hacer una fuerte apuesta a la participación electoral. La experiencia de la contienda de 2015 demostró que es posible convocar a más electores entre las PASO y las generales. En la instancia de agosto de hace cuatro años, casi el 75% de los electores habilitados para votar habían concurrido a las urnas. Una cifra similar lo hizo el domingo último. Sin embargo, en las generales de octubre de 2015 ese número se incrementó: superó el 80%. En otras palabras, un 5% del padrón que podría sumarse en octubre de este año.
En gran medida se trata de los muy jóvenes (entre 16 y 17 años), los adultos mayores (quienes superan los 70 años), los dos targets etarios hacia los cuales los equipos de campaña apuntarán su arsenal comunicacional. A grandes rasgos las encuestas señalan que mientras el kirchnerismo se fortalece con la participación electoral de los menores de 18 años, el oficialismo lo hace con la de los mayores de 70.
Sin embargo, las estrategias orientadas a estos targets ya no tienen margen para revertir un resultado demasiado holgado. En este contexto, los electores parecen haber manifestado su descontento con el Gobierno en unas PASO que de tan innecesarias acabaron por convertirse en una suerte de elección general anticipada y un golpe de K.O para el oficialismo.
Ante dicho panorama, con un presidente aun groggy por el golpe recibido en el primer round electoral, todo un país espera decisiones maduras y responsables de parte de la dirigencia política, y no decisiones desesperadas que nos conduzcan nuevamente al abismo.
El autor es sociólogo, consultor político y autor de “Gustar, ganar y gobernar” (Aguilar, 2017) y “Comunicar lo local” (Crujia – Parmenia, 2019)
FUENTE: INFOBAE NOTICIAS
Sé el primero en comentar en"La disyuntiva de Macri: ¿apostar a la campaña o a una transición ordenada?"