José Hernández: no sólo escritor, también editor y pedagogo

Martín Fierro, por Carlos Alonso
Martín Fierro, por Carlos Alonso

El prólogo de Hernández a La Vuelta del Martín Fierro (1879), “Cuatro palabras de conversación con los lectores”, es un joya de intervención pública, un modo de redescubrir la función del prólogo en los libros, un tratado de quehacer editorial en la apuesta que cualquier libro lanza al futuro, un programa educativo (por lo menos, en lo que respecta a la enseñanza de la lengua materna), unos apuntes dispersos de retórica verbal.

El tono que preside todo el prólogo, y cualquier editor que lo relea no hará más que identificarse hasta el escozor con el pobre Hernández, es el de una actitud justificatoria. Si por un lado predominan palabras piadosas (benevolencia, generosa, confío, sacrificio) con las que Hernández se dirige a sus lectores, por el otro, se configura un interlocutor implícito, que es blanco no solo de justificaciones, sino de propuestas de acción para un joven Estado que está definiendo sus nudos distintivos. Efectivamente, los ocho primeros párrafos explicitan algunas cuestiones editoriales a las que, por lo general, los lectores no suelen prestarles atención, y que suelen constituir la materia prima de los desvelos editoriales.

En primer término, justifica la tirada (20.000 ejemplares), que dividirá en cuatro impresiones. Solo por pereza (como dicen los caleños) hago cálculos contrafácticos, porque debería investigar la cuestión, pero es seguro que algún asunto financiero con el impresor tendrá por motivo esa distribución. Por lo pronto, Hernández cuenta con el antecedente de la primera parte del poema, El gaucho Martín Fierro, que –señala– ha vendido 48.000 ejemplares. Desde ese antecedente, es probable que haya proyectado, para una primera tirada, vender el 50% de la anterior. Lo interesante de estos cálculos, que no hacen más que amortiguar el riesgo que toda publicación impone, es que este Hernández hace las veces de autor y editor. Y es la pluma del editor la que prima, por lo menos en el comienzo del prólogo, no solo por el riesgo de la impresión, sino además por ese aspecto propiamente industrial del trabajo editorial, la impresión.

Ya no quedan editoriales que cuenten con talleres propios. Hasta no hace mucho, la Editorial Estrada contaba con ellos, y el hecho de poseerlos era motivo de vanidad. Todavía hoy, en la placa de la calle Bolívar donde funciona el Archivo histórico de la Ciudad, puede leerse Talleres propios. Dice Hernández: “…Y agregaré que confío en que el acreditado Establecimiento Tipográfico del señor Coni hará una impresión esmerada, como la tienen todos los libros que salen de sus talleres”.

Otra preocupación que revela al editor antes que al autor es la de las ilustraciones. Hernández no se ahorra esfuerzos por “decorar” algunas escenas del poema con un complejo proceso que involucra a un litógrafo y a un grabador de planchas metálicas. Quiere que su poema lo ilustre Carlos Clerice, joven artista que “ha dibujado y calcado en la piedra”, y que el señor Supot, “que posee el arte nuevo y poco generalizado todavía entre nosotros” fije en láminas metálicas “lo que la habilidad del litógrafo ha calcado en la piedra”.

Estampilla con la imagen de Martín Fierro de Juan Carlos Castagnino
Estampilla con la imagen de Martín Fierro de Juan Carlos Castagnino

En relación con el tono justificatorio del que hablé al comienzo, Hernández privilegia los usos no cultos de la lengua que emplea, no solo para imitar el habla gaucha, sino además por objetivos más “civilizadores”. Ya sabemos que la asociación entre una lengua culta y una literatura prestigiosa es un tópico recurrente en la historia de los panteones literarios nacionales. Lo que conviene recordar, no obstante, es que alguna crítica, como instancia que legitima o desplaza lo que se publica (no solo hablando de “publicar libros”, sino de todo aquello que toma estado “público”), aún sigue ejerciendo sus designios de juicio tomando a la lengua como artefacto de valor. El caso más emblemático (felizmente superado) ha sido el de Roberto Arlt (porque escribía con faltas de ortografía, como si eso le quitara algún mérito a la calidad de su escritura).

Esta cuestión reedita una vez más las reñidas relaciones entre el mundo de la crítica o académico y los usos del discurso (el llamado lenguaje inclusivo, por ejemplo, al que algunos lingüistas amparados en una concepción formal y ahistórica del lenguaje critican con una agresividad desmedida). Si lo novedoso de un autor a veces consiste en el nuevo estado de lengua (de uso de la lengua) que propone como operación de novedad, es cierto también que las evaluaciones con que se lo critica provienen, muchas veces, de ese escalafón por el cual lo literario sigue siendo un asunto lingüístico, pero lo no literario también: como si escribir bien fuera escribir “sin faltas de ortografía y respetando la gramática”.

Los grandes escritores de la tradición castellana y americana fueron aquellos que “enloquecieron” a la lengua: Góngora, Rubén Darío, Néstor Perlongher, por poner tres ejemplos. La apuesta de Hernández, sin embargo, merece el mote de lo que la cultura liberal llama populismo: La Vuelta del Martín Fierro debe servir para “despertar la inteligencia y el amor a la lectura” y convertirse en un “provechoso recreo”. Sin embargo, y aquí Hernández propone su programa retórico, por “medios hábilmente escondidos. (…) sin decirlo, sin revelar su pretensión”, esta literatura debe “regularizar y dulcificar las costumbres (…) enseñando la moderación y el aprecio de sí mismo”.

Martín Fierro por Ricardo Carpani
Martín Fierro por Ricardo Carpani

En este y en otros aspectos, Hernández queda enrolado en la tradición de los forjadores de la Patria. Recordemos que, para Groussac, primer director de la Biblioteca (creada, además, al mismo tiempo que el Ejército), los libros deben perseguir este mismo afán “civilizador” porque, de otro modo, “no sirven para nada”, incluso pueden ser quemados. José Martí, cuando recomendaba maestros “ambulantes” para la educación de los campesinos, también desechaba la cultura libresca, y Gabriela Mistral, en sus intervenciones como funcionaria educativa, proponía algo similar. Hernández sigue reavivando con este prólogo las relaciones entre libros y Estado, y en eso este prólogo presenta enorme actualidad.

José Hernández
José Hernández

Sobre las relaciones entre escuela y sociedad, tercia con la literatura, con la suya propia. Señala Hernández que los “barbarismos” del poema deben ser enmendados por la escuela, “llamada a llenar un vacío que el poema debe respetar, y a corregir vicios y defectos de fraseología, que son también elementos de que se debe apoderar el arte para combatir y extirpar males más fundamentales y trascendentes, examinándolos bajo el punto de vista de una filosofía más elevada y pura”. El carácter que Hernández le da a su literatura (“un libro…debe prescindir por completo de las delicadas formas de la cultura de la frase, subordinándose a las imperiosas exigencias de sus propósitos moralizadores”) reaviva el viejo (pero no por eso saldado) debate sobre las funciones de la literatura en la escuela, otro aspecto de relevante actualidad.

Finalmente, Hernández se anticipa casi cincuenta años a las primeras publicaciones de Borges, pero más de cien a lo que alguna crítica (Sarlo, por ejemplo) ha querido ver en el universalismo del prestigioso autor: enrolar la tradición de un país sin tradición como la Argentina en los grandes episodios de la cultura universal. En la perspectiva de Hernández, el gaucho “expresa en dos versos claros y sencillos, máximas y pensamientos morales que las naciones más antiguas, la India y la Persia, conservaban como el tesoro inestimable de su sabiduría proverbial”. Y con afán enciclopédico encuentra esas mismas expresiones en Sócrates, Platón y Aristóteles; en el “afamado” Séneca, en los “hombres del Norte”, aun cuando reserve una exclusividad para estos hijos de la campaña: si aquellos lo hacen en prosa, estos, en verso, porque “hay (en ellos)… algo de métrico, de rítmico, que domina en su organización y que lo lleva hasta el extraordinario extremo de que todos sus refranes, sus dichos agudos, sus proverbios comunes, son expresados en dos versos octosílabos perfectamente medidos, acentuados con inflexible regularidad, llenos de armonía…”.

Finalmente, es bastante común que un autor o un editor llame “hijos” a sus libros. Cuando llega de la imprenta, y su editor lo sostiene entre las manos, es habitual hablar de partos, lo que costó parir el libro. Hernández finaliza su prólogo con estas palabras: “Y allá va a correr tierras con mi bendición paternal”.

 

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FUENTE: INFOBAE NOTICIAS

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